Inicio Boletín Dominical Catedral DOMINGO VI DE PASCUA (MAYO 6 DE 2018)

DOMINGO VI DE PASCUA (MAYO 6 DE 2018)

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PRIMERA LECTURA (Hechos de los Apóstoles 10,25-26.34-35.44-48)

«Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia», el primer gran problema con la primera comunidad cristiana fue el de enfrentarse con la realidad de que los paganos también estaban llamados a la salvación si se bautizaban y vivían el Evangelio. No será fácil para los cristianos provenientes del judaísmo que aún conservan muy arraigada la noción de ser el pueblo elegido. Sin embargo, los planes de Dios superan los proyectos humanos y la voluntad de Dios es que todos los pueblos de la tierra formen parte de la gran familia de los redimidos por su Hijo Jesucristo. Pedro entenderá que su misión será acoger como hermanos a quienes Dios ha convocado a la salvación. Otra situación sería si nuestras celebraciones litúrgicas fueran verdaderas reuniones familiares en donde todos, especialmente los más alejados, fueran recibidos con la alegría de tenerlos en casa cuando se acerquen en busca de consuelo y comprensión.

SEGUNDA LECTURA (1Juan 4,7-10)

«El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo», esta es la experiencia fundante en toda conversión cristiana, en nuestro tiempo estamos acostumbrados a pagar por todo y eso nos hace pensar que somos merecedores de recibir todo aquello que nos proponemos. Esta situación hace que sea muy difícil que podamos tener una noción clara de la “gratuidad” y es precisamente esta realidad la que nos permite experimentar el amor inmenso de Dios. Nada merezco, nada puedo ganarme y, sin embargo, Dios me ha amado hasta el extremo pues ha enviado a su Hijo para salvarme. Que puedo darle a Dios, nada definitivamente, si afirmo que lo amo en realidad tendría que decir que lo amo con el amor con que Él me ha amado primero, en fin, podríamos decir que le regreso un poco de lo mucho que me ha dado.

EVANGELIO (Juan 15,9-17)

«Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos», es muy posible que nos sintamos tranquilos mientras vivimos un “amor abstracto”, es decir, un amor tan general que en el fondo no amamos a nadie. El amor por la “humanidad” no es nada si en realidad si no se realiza en personas concretas con nombres y realidades concretas. El gran reto en la vivencia de nuestra fe es la de salir de nuestras seguridades, del cumplimiento de obligaciones religiosas para lanzarnos por los caminos “inseguros” del amor, al menos para nosotros. Aquí el único camino seguro consiste en contemplar a Jesucristo y vivir como Él nos lo pide. La amistad no es un sentimiento, es un estado o manera de vivir y de relacionarnos con los “otros”, el amigo ve a los ojos y considera al otro como un igual. La amistad no se impone, es una elección que brota de la gratuidad y que por eso terminará por dar abundantes frutos. La conversión es una profunda amistad con el “AMIGO” por excelencia, Jesucristo.

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