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DOMINGO VIII ORDINARIO (MARZO 3 DE 2019)  

PRIMERA LECTURA (Eclesiástico 27,5-8)

«Nunca alabes a nadie antes de que hable, porque esa es la prueba del hombre», el Eclesiástico es un libro del Antiguo Testamento de lo que se conoce como literatura sapiencial que ve a la Ley como la fuente de la Sabiduría y al sabio como aquel que vive según la Ley. El autor es Jesús hijo de Sirá (Ben Sirá), por eso este libro es conocido también como Sirácida. Escrito originalmente en hebreo, nuestro libro es una traducción que realizó su nieto al griego. Este libro forma parte de la Biblia griega pero no forma parte del canon hebreo por lo que se le denomina “deuterocanónico”. La sabiduría de Ben Sirá es una invitación a un estilo de vida, a una nueva forma de enfrentar las particularidades propias de nuestra vida a la luz de la Ley de Moisés que es la sabiduría de Dios. Es cierto que las personas realizan en nosotros una impresión, cuando las conocemos, que puede ser determinante en nuestras relaciones sin embargo no es prudente realizar un juicio acerca de la calidad de ellos solo con esta información, la convivencia y el conocimiento profundo con los otros es lo que construye las grandes amistades.

SEGUNDA LECTURA (1 Corintios 15,54-58)

«Gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo», las comunidades paulinas estarán una y otra vez en el riesgo de volver a una religiosidad de tipo judío, basada en una Ley que, al ser cumplida, deja la sensación de un mérito personal que Dios debe ver y compensar. Pablo no quiere eso para los seguidores de Cristo, si para él la Ley mata no es porque sea mala sino porque centra tanto su atención en la propia persona que Dios deja de ser el centro de la vida de fe; se convierte podría decirse en un culto a la propia personalidad. El cristiano debe tener claro que su vida y salvación es toda don y gracia, que si ha recibido este regalo de Dios no es precisamente por sus méritos sino por el sacrificio que Cristo ha realizado en la cruz. No hacemos el bien para salvarnos, más bien, es porque en Cristo Dios nos ha salvado que hacemos el bien.

EVANGELIO (Lucas 6,39-45)

«La boca habla de que está lleno el corazón», Jesús sabía que el gran reto de la fe estaba precisamente en lo que la define, la comunidad, y especialmente su vivencia de la caridad. En muchas ocasiones nos esforzamos en crear la comunidad ideal exenta de problemas ya sea porque en realidad no hay relaciones entre sus miembros o porque simplemente se hace a un lado a quienes de alguna manera desentonan con el “estilo” comunitario. No son problema las diferencias, muy por el contrario, las diferencias son precisamente lo que enriquece las comunidades cuando con un mismo objetivo todos ponen a disposición sus dones y carismas al servicio del bien común. Para que nuestras comunidades reflejen el Reino de Dios, debemos dejar que el Espíritu purifique nuestros intereses y cada vez más reproduzcamos los sentimientos de Cristo.

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