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Una tarde de invierno, cuando mirábamos María y yo, desde el patio del chiname las parvadas de gorriones bebiéndose los últimos rayos de sol….

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Una tarde de invierno, cuando mirábamos María y yo, desde el patio del chiname las parvadas de gorriones bebiéndose los últimos rayos de sol, volando en pos de sus refugios en el valle, le pregunté asombrado ante el espectáculo que veían mis ojos niños: “¿De quién son, amá?”. “Son tuyos, yo te los regalo, pero nunca les hagas daño”, me contestó con voz llena de ternura. Desde entonces sé que las aves, los crepúsculos y los poemas, me pertenecen, como te pertenecen a ti, lectora, lector mío.

Bernardo Elenes Habas

Yo sé que le han escrito poemas

a las manos,

parvadasalnido

pero no a las tuyas amá,

que son benditas.

Ellas tomaron el gis cuando el tiempo

aprendía a volar tras de la sierra.

Intentaron escribir muy derechito

la palabra patria,

pero llegaba el tropel de la insurgencia

deshaciendo consonante.

Después,

acariciaron el amor de una guitarra.

Sudaron la canción del latifundio.

Molieron maíz en el metate.

Echaron tortillas al comal

donde se cocía la idea del ejido.

Cómo han pasado penurias esas manos.

Han enterrado a sus muertos,

curado a sus enfermos, acariciado a sus niños.

Han cortado la leña de mezquite

para alimentar la hornilla,

y se quedaron esperando, amá,

el título de propiedad agraria

que aún está archivado…

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