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DOMINGO II DE PASCUA O DE LA DIVINA MISERICORDIA

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DOMINGO II DE PASCUA O DE LA DIVINA MISERICORDIA (ABRIL 28 DE 2019) 

PRIMERA LECTURA (Hechos 5,12-16)

«Los apóstoles realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo», el libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por san Lucas autor del Evangelio, nos permite realizar un viaje en el tiempo y acercarnos a contemplar la vida cotidiana de la primera comunidad cristiana. En el centro de su experiencia de fe está la oración en común y el compartir el pan en la Eucaristía. De aquí brota como de su fuente el testimonio que estos hombres y mujeres llevan por todos lados. Quizá podamos preguntarnos por qué estos prodigios que nos narra el texto de hoy, no se presentan entre nosotros, quizá así habría más conversiones. La respuesta no es sencilla, pudiera ser que queriendo ver signos especiales y espectaculares se ciegan nuestros ojos y se endurece nuestro corazón. El Espíritu del Señor sigue en medio de nosotros con la misma fuerza transformadora. Se siguen realizando milagros en medio de nosotros, solo es necesario que los contemplemos con ojos de fe. El gran milagro de nuestro tiempo sigue siendo el “testimonio” que, aún con un ambiente adverso, hace presente al Señor Jesús a un mundo tan necesitado de creer.

SEGUNDA LECTURA (Apocalipsis 1,9-11.12-13.17-19)

«Yo, Juan, hermano y compañero de ustedes en la tribulación, en el Reino y en la perseverancia en Jesús», Juan es escogido por Dios para cumplir con una misión muy importante; en el día del Señor, el Domingo, le será concedida la gracia de contemplar la gloria de Dios y penetrar su misterio. Su trabajo consistirá en apoyar a sus hermanos que sufren por la persecución y alentarlos en la perseverancia del seguimiento de Señor Jesús. Él mismo compartirá con ellos el martirio. Juan será para ellos como una lámpara que, en medio de la oscuridad, los iluminará para no perder la fe. Nosotros cada Domingo tenemos un encuentro muy especial y único con Jesús en la Eucaristía, nos enseña con su Palabra y nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre, tocados por esa experiencia tendríamos que salir transformados de tal manera que, en un acto supremo de solidaridad con nuestros hermanos, compartamos, ya de palabra o de obra, la Buena Nueva de la Salvación.

EVANGELIO (Juan 20,19-31)

«¡Señor mío y Dios mío», que duro juzgamos a Tomás por querer ver y tocar y, sin embargo, habría que valorar la valentía que tuvo al reconocer que la fe que tenía no era suficiente para dar el siguiente paso, aceptar la Resurrección del Señor; puede ser que muchas veces tranquilicemos nuestra conciencia tratando de autoconvencernos de que la bienaventuranza es nuestra porque sin ver hemos creído, pero tristemente cuando de frutos se trata nuestra fe se queda corta y nuestra caridad no refleja lo que expresamos con nuestras palabras. La Resurrección de Jesús llega a nuestra vida para cuestionarnos, es, por decirlo así, el examen que la vida nos aplica y del que en muchas ocasiones salimos mal parados. La fe es esencialmente vida y una vida que se expresa en el testimonio, o se “ama” con hechos concretos o no es amor.

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