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Estuve ante la tumba de Tetabiate.-

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Estuve ante la tumba de Tetabiate.- Crónicas para la historia (No. 91).- Cuando se conmemoró el centenario del sacrificio del caudillo, la Nación Yaqui le rindió homenaje de libertad, sol, viento y serranía.- Hoy se cumplen 118 años de su muerte

Bernardo Elenes Habas

Cuando se cumplió el centenario de la muerte en batalla de Juan Maldonado Tetabiate -10 de julio de 2001-, el fotógrafo Rafael Camacho Esquer y yo, estuvimos ante la tumba del caudillo yoreme, en el Bacatete alto.

Fuimos enviados por El Diario, a cubrir ese acto señero, en el que la Nación Yaqui dejó testimonio de fecha tan significativa para su historia, con un ceremonial de libertad, viento, sol y serranía, en el lugar donde se encuentran los restos de uno de los guías más legítimos de la tribu, al pie de las ruinas de un cuartel militar porfirista construido con torreones de adobe y piedra, mudos testigos de enfrentamientos y de los planes de exterminio contra la indomable etnia, liderada a finales del siglo IX y principios del XX, por Tetabiate (Piedra Rodada).

Fue invitado a tan solemne acto el entonces gobernador de Sonora, Armando López Nogales, quien acompañó a las autoridades tradicionales, consejo de ancianos y tropa, donde la voz de Juan Silverio Jaime León –único orador-, resonó en las laderas del Bacatete, con los verbos y adjetivos que reconstruyeron en la línea del tiempo, el sacrificio de un pueblo indomable por su historia, tradiciones, dialecto, familia.

Ahí, Juan Silverio, el bisnieto de Ricarda León, protagonista del libro “Testimonios de una mujer yaqui”, referente a las crueles deportaciones de las familias de la tribu, mismo que prologué hace años, dijo, en la entrada de su discurso:

“Buenas tardes señor gobernador, señores autoridades tradicionales, señores invitados a esta ceremonia luctuosa, queremos agradecer muy en especial a los descendientes de Juan Maldonado Tetabiate. Se encuentran personajes muy distinguidos de Tucson. En el otro país, también tiene descendientes Juan Maldonado y no se han olvidado de él.

“El 10 de julio del presente año se cumplieron cien años de la muerte de Juan Maldonado Waswechia, mejor conocido como Tetabiate, ejecutado por el ejército federal mexicano en el año de 1901. Aquí yacen los restos de aquel hombre que protagonizó uno de los pasajes históricos más sangrientos que haya vivido la tribu después de Hurdaide y Cajeme y de las políticas más devastadoras e inhumanas, el exterminio total de nuestro pueblo. “Aquí está Tetabiate, el hombre que dignificó la lucha de su pueblo en su afán de autonomía de gobierno y de territorio, aquel que quiso definir sus ideales y razones, firmando la paz con el supremo gobierno.

“Aquel que se formó a la sombra de otro hombre valeroso, José María Leyva (Cajeme), aprendiendo cómo luchar con inteligencia y sobrevivir a la política devastadora y cruel de esos tiempos. Tetabiate significa nuestra historia y no nos avergüenza compartirla con nuestros hijos y nuestros hermanos y parientes; mucho menos con gente ajena a nuestra raza, porque es un ejemplo de orgullo para nuestro pueblo y nuestras futuras generaciones…”.

Y, con voz premonitoria, Juan Silverio, dejó que volaran sus palabras: “Han transcurrido cien años, un siglo, y nos encontramos en un nuevo milenio y nuestro pueblo sigue luchando. Hoy esta lucha de resistencia se desarrolla a través de diversas vías. Algunos pueblos, obligados por las circunstancias del momento han optado por la rebelión, otros por la movilización social; otros le

vantan su voz en los parlamentos de representación popular a donde han llegado porque las condiciones políticas así lo permiten.

“Por ello en la actualidad se abre una nueva fase de profundas transformaciones sociales, asentándose las bases para su desenvolvimiento y condicionamientos  de la época actual.

“Por un lado se alienta, mediante un decidido apoyo, una nueva organización económica, por el otro se inserta dentro de la estructura organizativa de nuestra tribu una serie de instituciones que gradualmente se han posesionado de los antiguos espacios de decisión, control y reproducción de los elementos culturales que los yaquis habíamos logrado conservar a través de los tiempos.

“Esta situación condicionó a la tribu a las directrices externas impulsadas por las políticas de los diferentes gobiernos nacionales. El resultado fue la generación de una profunda dependencia hacia el Estado mexicano expresada en las acciones de cada una de las instituciones que fueron encargadas de apoyar las distintas instancias de la vida productiva, organizativa y de bienestar social.

“En la reciente década la tribu yaqui decide encausar su propio proceso de desarrollo, condición que no implica modificar la estructura tradicional, sino la extensión de parte de la autoridad tradicional para operar y discutir con las instituciones la dirección del desarrollo económico, de bienestar social y de los valores culturales.

“Nuestra exigencia para el nuevo gobierno federal es el compromiso real en su reconocimiento al derecho de libre determinación de la tribu, no de coyuntura, sino en el marco de una profunda reforma de Estado que impulse acciones para el desarrollo y justicia mediante el apoyo de nuestros planteamientos…”.

Hoy se cumplen 118 años de la muerte de Juan Maldonado Waswechia, el que forjó la Paz de Ortiz el 15 de mayo de 1897, pacto que fue traicionado por los porfiristas, porque el único objetivo que los movía era el sometimiento de la tribu. El que murió a los 44 años de edad defendiendo la libertad y dignidad de su pueblo, en el cañón del Mazocoba. El símbolo más legítimo de la resistencia yoreme.

Ese día, cuando se cumplió el centenario del sacrificio de Tetabiate, con un sol despiadado quemando la sierra, dije ante su tumba un poema que escribí en su memoria; platiqué con sus bisnietos provenientes de Estados Unidos; recorrí la cañada donde sembró su sangre, escuché el silbido agudo de las aves alertando presencias ajenas, desde las alturas. Me llené de nostalgias:

Yo tengo el corazón de tierra/ y la piel oscura, como tú./ Dentro de mí corren los ríos;/ siento que el aire y la montaña/ crecen como un murmullo mineral/ entre mis brazos,/ y el galope de la vida arde/ en mis venas/ con un fulgurante rumor/ de sangre constelada.

Llevo una sensación de eternidad/ que se convierte en herida cotidiana,/ en grito irrenunciable/ encadenado a tu recuerdo,/ en lámparas dormidas/ sembradas sobre el barro desnudo de tus huellas,/ en turbio tiempo ciego/ que exprime sus tormentas/ para darle a tu nombre/ el fresco olor rural de la distancia.

Te acecho en los recodos del camino./ Salto como una sombra en la arboleda,/ entre las cuchilladas vivas del invierno,/ y llego hasta los templos solitarios/ convocado por la cansada voz/ de las campanas.

Te escribo intensamente,/ con la caligrafía roja de mi sangre,/ desafiando la niebla,/ recorriendo el pecho palpitante de la tierra,/ para encontrar tu vocación de roca y de cristales.

Yo sé, abuelo, padre, hermano sensitivo de la noche,/ que los caminos de bosque y de rebaños/ lo iluminaron las líquidas estrellas,/ y que los pájaros tejieron

libertades/ depositando en tus labios florecidos/ el nido de sus cantos.

Tus voces argentadas y precisas/ midieron la extensión del sentimiento,/ sirvieron de antorcha en la nostalgia,/ fueron amor, bálsamo tibio,/ cuando narraron la pasión del pueblo.

Enséñame a asombrarme como tú./ A beberme la luz de las costumbres./ A dibujar con trazo firme y sin borrones/ el perfil verdadero de lo humano.

Llévame de la mano, hermano mío,/ hasta donde el sol se desparrama como trigo/ y va dorando la tarde con pan tibio,/ metiéndose en los valles,/ y a la garganta ronca de las cordilleras.

Yo sé que allí vive tu nombre,/ allí lo repiten las cañadas/ cuando el viento glacial/ besa sus piedras,/ y un siglo de raíces se estremecen.

Hermano, me duele la ciudad porque no canta./ El acero es helado como balas./ Y el asfalto conduce hasta la muerte.

Ya no trabajan su taller los carpinteros/ y la resina se secó en sus manos./ Ya no guían los pastores sus rebaños/ y el tambor crepuscular de nuestra raza/ comienza a claudicar sus tradiciones.

Se ha vuelto gris, fugaz, nocturno/ nuestro canto./ Las bocas turbulentas lo tornan inseguro,/ le dan impunidad y lo condenan/ a recoger los frutos/ sin haber puesto la semilla.

Pero tu puedes volver del Bacatete/ a repartir espigas para el hombre./ A unificar de nuevo la palabra./ A construir el sueño de la Patria/ desde el canto plural que te llevaste.

Tu puedes regresar hermano, padre, abuelo,/ para que sientas el calor de nuestras manos/ y nos muestres el murmullo de tu esencia,/ el silvestre recorrido de tu sangre,/ la cicatriz de luz que te heredó la sierra,/ tu convicción irrenunciable por el Hombre.

Nómbranos el rosal, la espina, la distancia./ Háblanos del rostro severo y noble de tu padre./ De las tibias manos de tu madre,/ y de la fe relampagueante de tu pueblo.

Juan Maldonado Tetabiate,/ te escribo humanamente,/ y se me viene el galope de tus luchas,/ tu vocación libertaria y justiciera,/ tu sacrificio en la Nación Yoreme,/ y te digo que es hora,/ que puedes bajar del Bacatete/ a repartir espigas para el Hombre.

(Fotos Faly Camacho: 1. Juan Maldonado Tetabiate. 2. Tumba del caudillo yaqui. 3. Ruinas del Cuartel del Bacatete. 4. Ruinas del Cuartel del Bacatete 2).

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