Inicio Arturo Soto El poder de una imagen

El poder de una imagen

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Tiempo, espacio, circunstancia, personajes. Cuando se hilvanan adecuadamente pueden contar una buena historia. Y a veces el azar confabula para que salga mejor. 

El periodismo tiene un componente anecdótico que cuando relata lo imprevisible y lo hace bien, ya con palabras, ya con imágenes puede enganchar al público y llevarlo a conocer completa la historia que se quiere narrar.

Sucedió el viernes en Mazatán una pequeña comunidad enclavada al oriente de Hermosillo, en la puerta de entrada a la sierra alta de Sonora, donde cayó el primer aguacero de la temporada, lavando y vivificando los colores del paisaje.

Bajo una gigantesca ceiba, los pobladores buscaban espacio en las sillas previamente acomodadas para un evento más de entrega de acciones de vivienda, becas, material para construcción y equipamiento de hogares, un programa que a pesar de la cancelación de partidas federales, viene sacando con lo que tiene a la mano Elly Sallard, la comisionada de Vivienda en el estado.

Pero el cielo comenzó a ponerse gris y el viento trajo el olor a tierra mojada, inevitable presagio de la lluvia.

Hay quien dice que la lluvia no es noticia, pero basta asomarse a las redes sociales cualquier día lluvioso en Sonora, para que aparezca el reportero que Facebook en cada hijo nos dio. O Twitter o Instagram o Whatsapp. La lluvia en Sonora no sólo es noticia, es la caprichosa respuesta de la naturaleza a los ruegos de agricultores, ganaderos. A los habitantes del desierto que debaten sus cotidianidades en torno a los 45 grados a la sombra.

Todo comenzó en un chipi-chipi que fue arreciando hasta que el cielo pareció romperse y vaciar sobre el pueblo la carga de sus nubes ennegrecidas. La gente corrió hacia donde pudo. El cuarto rosa que sería entregado en ese evento se convirtió en el insuficiente albergue temporal para decenas. Una lona que resguardaba un módulo de información fue insuficiente para proteger a una pequeña multitud ensopada, que incluía a la banda de prensa.

Se cazaron las apuestas sobre si el evento sería suspendido. La gobernadora no llegaba. Se apostaba también si se bajaría de la camioneta o esperaría a que amainara el aguacero.

Y llegó. Y se bajó. Y alzó los brazos al cielo agradeciendo a Dios por la lluvia. Por lo menos 30 cámaras enfocaban el momento, pero sólo una captó el momento preciso, el segundo que se viralizó espectacularmente en las siguientes horas, desatando todo tipo de reacciones. Desde las felicitaciones por la captura del momento hasta los memes en todos los tonos.

Los haters de la gobernadora se dieron vuelo. Pero igual lo habrían hecho si se queda en la camioneta hasta que parara la lluvia. Doble contra sencillo a que los memes hubieran sido sobre su negativa a enlodarse los zapatos, por lo menos.

¿Qué hay detrás de la viralización de esa imagen? Es simple: la desacralización del poder, la humanización del gobernante, su dimensionamiento en el mundo terrenal donde protocolos y rituales desaparecen y lo que aparece es una mujer desprovista del ropaje institucional, actuando como lo haría cualquier otra, cualquier otro a quien se le escapa aunque sea unos momentos su alma de niña, de niño.

Y eso encabrona a sus haters porque es una imagen que conecta, que provoca el encanto, la empatía, pero sobre todo eso: la humanización de la figura pública usualmente formal y observante de las reglas escritas y no.

No siempre sucede. La memoriosa lectora, el hípico lector habrán de recordar aquella posadísima foto en la que aparecía Guillermo Padrés leyendo unos documentos a su caballo. Fue un desastre, y eso que las redes sociales no estaban tan nutridas como ahora.

Una de las diferencias es que esta imagen fue algo planeado por su estratega de imagen (que hoy anda por la vida vendiendo vasitos impresos con logos de equipos de beisbol), y la del viernes fue una imagen imprevista, tanto, que sólo un fotógrafo logró captar ese momento preciso, y lo hizo con el sentido de oportunidad, con la técnica y con la suerte, que no siempre coinciden.

La foto quizás no tenga el sentido periodístico que los más críticos exigen, pero si tiene ese componente anecdótico que “jala” al público y lo hace enterarse que en Mazatán y Villa Pesqueira la gobernadora anduvo ensopada dándole continuidad a sus programas de apoyo a las comunidades de esa región. Es decir, cumplió el objetivo de una política de comunicación.

¿Que desató la furia de los haters? Sí, pero eso sucederá con cualquier imagen o declaración de cualquier figura pública, excepción hecha de aquellas que no concitan emoción alguna, especialmente en estos días en que las redes sociales ponen al alcance de quien sea la posibilidad de opinar, de plasmar sus sentires, sus filias, sus fobias.

Es el signo de los tiempos y no tiene vuelta atrás. Con eso tenemos que lidiar todos, todos los días. 

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