Inicio Arturo Soto El trilema de Morena y el hartazgo de las fuerzas armadas

El trilema de Morena y el hartazgo de las fuerzas armadas

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Se veía venir. La naturaleza de esa a veces extraña amalgama de fuerzas que llevaron a Andrés Manuel López Obrador los tiene ahora frente a un dilema que no han sabido resolver: ¿son un partido político o un movimiento social?

Más aún, diríase no sin razón, que están más bien frente a un ‘trilema’, porque en muchos sentidos, tampoco han podido resolver sus tareas en el ejercicio de gobierno.

La ‘tribalización’, ese virus que fue consumiendo durante años al PRD hasta hacerlo casi desaparecer de la escena política nacional -en diez estados, incluido Sonora, el partido del Sol Azteca perdió el registro-, hoy ha llevado a Morena a escalar un conflicto interno que por lo pronto ya provocó la anulación de su elección de dirigente nacional.

El TEPJF revocó la convocatoria para el Congreso Nacional de Morena al considerar que el padrón no resulta confiable. Agréguese que 70 asambleas distritales fueron suspendidas, diez de ellas por motivos relacionados con hechos violentos, en los que incluso se dejaron oír disparos de armas de fuego.

Como partido, Morena se nutrió mayoritariamente de cuadros y organizaciones perredistas que ya traían el virus de sus respectivas tribus. Como movimiento, aglutinó a muchos personajes de partidos como el PRI y el PAN, algunos de ellos impresentables y que apenas unos años atrás los propios morenistas hubieran considerado impensable compartir con ellos la mesa.

Como gobierno, el impresionante resultado de la elección 2018 los colocó en los cuernos de la luna: presidencia de la República, mayoría en el Congreso de la Unión, gubernaturas, alcaldías y congresos locales donde las exigencias de madurez, capacidad técnica, administrativa, política, simplemente los han rebasado. Eso sin contar que de un año a otro, se encontraron con más de mil 500 millones de pesos en sus arcas.

Acaso previendo eso, el jefe máximo de ese partido logró introducir una reforma a los estatutos mediante la cual se prohíbe la integración de corrientes internas, mejor conocidas como tribus.

Pero como otros tantos lineamientos que salen del líder, desde antes de ser presidente y ahora en cada mañanera, parten de falsas premisas o, para decirlo amablemente, de una buena fe cuasi pontificia según la cual desde el primero de diciembre del año pasado se instaló en México el reino de la buena voluntad, la pobreza franciscana, la honestidad a toda prueba, la bondad y el amor al prójimo como política pública y como normas de conducta política.

Prohibir las tribus, sin embargo, ha tenido el mismo efecto del persistente llamado a los narcotraficantes, huachicoleros, secuestradores y asesinos para que se porten bien, so pena de que en caso de no hacerlo, serán acusados con sus mamacitas.

El pasado 28 de agosto, Andrés Manuel López Obrador declaró, a propósito de los conflictos internos que ya se avizoraban por la renovación de mandos: “Yo, si el partido que ayudé a fundar, Morena, se echa a perder, no sólo renunciaría, sino que me gustaría que le cambiaran de nombre, que ya no lo usaran porque ese nombre nos dio la oportunidad de llevar a cabo la cuarta transformación de la vida pública del país y no se debe manchar”.

Menos de dos meses después de esas declaraciones, los morenistas estaban agarrándose a sillazos, moquetes y balazos en sus asambleas distritales.

Y ahí aparece el ‘trilema’. Como partido no abandonan su premisa fundamental que es ganar y/o conservar el poder. Como movimiento no encuentran la manera de contener o librarse de advenedizos que les disputan palmo a palmo esas tareas a los “históricos”. Y como gobierno no han podido ser impermeables a esas grillas, lo que ha pesado a la hora de tomar decisiones graves, la más reciente en lo que se ya se conoce como el ‘culiacanazo’.

No es el único tema. El paquete económico 2020 tiene a alcaldes y gobernadores -incluso de Morena- con el Jesús en la boca, porque de la disponibilidad de recursos depende mucho la viabilidad de sus ejercicios frente a sus gobernados.

La reinterpretación del pacto federal y la creación de una estructura donde los llamados súper delegados estarían a cargo de TODA la responsabilidad en dependencias donde prevalecen personas e inercias del viejo régimen ya provocaron que al menos diez de ellos estén siendo investigados por la Auditoría Superior de la Federación por presuntos actos de corrupción.

Pero el ‘culiacanazo’ es hoy por hoy un tema delicadísimo, sobre todo por las secuelas que ha dejado en las fuerzas armadas.

Nadie debería subestimar el discurso del general Carlos Gaytán Ochoa durante el desayuno que hace una semana encabezó el secretario de la Defensa Nacional, Luis Cresencio Sandoval González.

“En México, la sociedad está polarizada políticamente porque la ideología dominante, que no mayoritaria, se basa en corrientes pretendidamente de izquierda que acumularon durante años gran resentimiento (…) y los frágiles contrapesos existentes han permitido un fortalecimiento del Ejecutivo que propicia decisiones estratégicas que no han convencido a todos, para decirlo con suavidad”.

Si esto lo hubiera dicho Fox, Calderón, Claudio X González o cualquier otro exponente de la minoría rapaz, los emisarios del pasado, fifís y conservadores, pasaría como una más de las frases matonas que cotidianamente alimentan el encono.

Pero viniendo de un general en activo, con una impresionante hoja de servicio, presidente del Comité de Control y Desempeño Institucional de la Sedena, ante el general Secretario y a nombre de sus comandantes, maestros y amigos, alguna luz de alerta debe haber encendido en el gabinete presidencial.

Gaytán Ochoa de alguna manera recogió el agravio que las fuerzas armadas vienen acumulando desde que su comandante supremo les ordenó bajar las armas y poner la otra mejilla, bajo la premisa de que nunca más el ejército dispararía contra el pueblo, y los narcos también son pueblo.

Una premisa que tampoco se ha cumplido, pues hace un par de semana, al verse bajo fuego, un soldado que iba al frente de un pelotón que fue atacado en Guerrero, disparó su fusil matando a 14 presuntos delincuentes.

Los soldados quizás hubieran evitado la tragedia de Tlahuelilpan el 18 de enero de este año, si hubiesen retirado así sea por la fuerza no letal a cientos de personas que ordeñaban un ducto de Pemex. La orden de no hacerlo dejó un saldo de 137 muertes y las escenas dantescas de esa explosión extrañamente han desaparecido del imaginario colectivo.

Las escenas de presuntos delincuentes golpeando, pateando, desarmando a militares se multiplicaron después. En los eventos de Culiacán, un militar caído al que le vuelan los sesos con disparos de alto poder también se volvió viral en redes sociales.

El tema del descontento en las fuerzas armadas es delicadísimo. El ‘golpe blando’ del que hablan los ideólogos de la 4T sería un juego de niños comparado con una rebelión militar que nadie en su sano juicio quisiera.

Sin embargo, el discurso en el que Gaytán Ochoa también llamó a cerrar filas en torno al general Secretario debió sonar con estridencia en Palacio Nacional.

“El alto mando sostiene hoy sobre sus espaldas la muy alta responsabilidad de mantener cohesionado al país, de coadyuvar a su pacificación a la brevedad posible, de hacerlo todo con el menor costo social y la mayor eficiencia.

“¿Quién aquí cree que ello es fácil? ¿Quién aquí duda de que se está realizando desde el Ejército y la Fuerza Aérea el mejor esfuerzo? ¿Quién aquí ignora que desde el alto mando se enfrenta, desde lo institucional, a un grupo de halcones (ojo con esta definición N de la R) que podrían llevar a México al caos y a un verdadero Estado fallido?”.

No sé usted, pacifista lectora, desmilitarizado lector, pero a mí este discurso me hace pensar que la anulación de la elección interna de Morena es un juego de canicas donde el gobierno se está disputando chilindrinas y catotones, frente a lo que pueda significar llevar la polarización política a las fuerzas armadas.

Porque esa es la ruta previsible: considerar que Gaytán Ochoa es parte de la mafia del poder y contra él hay que dirigir las baterías, lo cual se traduce como abrir un nuevo frente, ahora contra el Ejército, o contra esa parte del Ejército a nombre del cual habló el general.

Y mejor aquí la dejamos, porque ya me está dando miedito.

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