DOMINGO XXIII ORDINARIO (SEPTIEMBRE 9 DE 2018)

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    PRIMERA LECTURA (Isaías 35, 4-7)

    «Digan a los de corazón apocado: ¡Ánimo! No teman», nuestro libro del profeta Isaías está formado por varios profetas que ejercieron su ministerio en distintas épocas de la historia del pueblo de Dios: el Proto-Isaías (CC 1-39) antes del destierro a Babilonia, el Deutero-Isaías (CC 40-55) durante el destierro y el Trito-Isaías (CC 56-66) después del destierro. El oráculo que nos presenta la liturgia de hoy pertenece al Proto-Isaías, es decir, al profeta del siglo VIII de quien toma su nombre el libro, los otros escritos pertenecen a profetas seguidores del profeta Isaías. Isaías ha estado advirtiendo al pueblo que sus acciones tendrán consecuencias nefastas; aunque por otro lado es muy importante no perder la esperanza. Si caemos en el pesimismo de los acontecimientos presentes, corremos el riesgo de pensar que no podemos hacer nada por nuestras propias fuerzas humanas. La persona de Fe no se deja vencer por las dificultades, confía en Dios y hace lo que le permiten sus fuerzas para salir adelante. No podemos vivir solo de malos augurios, muchas voces anuncian catástrofes y finales terribles. Como Isaías, confiemos en Aquel que nos ha hecho hijos suyos por el sacrificio de su Hijo. Dios nos ha prometido la salvación y Dios, siempre cumple sus promesas.

    SEGUNDA LECTURA (Santiago 2,1-5)

    «Puesto que ustedes tienen fe en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no tengan favoritismos», Santiago con un ejemplo bastante simple y casi infantil nos invita a considerar la manera en que tejemos nuestras relaciones con los demás. Normalmente regimos la forma en que nos dirigimos a los demás de acuerdo con las apariencias, a como vemos a los demás. Santiago quiere que veamos a los otros no solo y únicamente con los ojos, por su aspecto externo, pues la vista en muchas ocasiones nos engaña. Es mucho más efectivo cuando ponemos en operación el “corazón”, es decir, la caridad que nos lleva a reconocer en el otro a un “igual” a quien estamos llamados a amar y servir como lo haría Jesucristo. Los demás no pueden ser para nosotros simples medios para alcanzar nuestras metas, pues de esa manera los convertimos en cosas u objetos que podemos utilizar de acuerdo con nuestros intereses. Cuando nos relacionamos buscamos siempre ser mejores y ayudar a ser mejores a los demás.

    EVANGELIO (Marcos 7,31-37)

    «»Effetá» (que quiere decir ¡Ábrete!)», la llegada de Jesús a nuestra vida inicia un proceso en nosotros que culmina en la libertad plena, nos lleva a dejar atrás todo tipo de ataduras que impiden que nos movamos libremente. Es ciertamente un proceso que no está exento de dolor y sufrimiento. Dejar atrás todas aquellas cosas con las que nos habíamos acostumbrado a vivir no es sencillo. En ocasiones, aunque parezca increíble, pensamos que es mejor seguir como estamos, sobrevivir o vivir una media vida, porque es más fácil mantenernos en una dinámica de “cumplimiento” vacío, que nos hace sentir bien, a arriesgarnos a transitar por los caminos de la libertad pues eso es una gran responsabilidad. La Buena Nueva es una promesa liberadora pero solo si nos dejamos transformar por ella.

    3 Comentarios

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