¡Gracias, Maestros que me enseñaron a pensar!.-

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    ¡Gracias, Maestros que me enseñaron a pensar!.- Sí se han descuidado los contenidos de enseñanza en el país.- Elba Esther Gordillo y el SNTE, claro ejemplo de la contaminación política en la Educación.- Hace 35 años murió el poeta y Maestro Juan Eulogio Guerra

    Bernardo Elenes Habas

    Los valores cambiaron en el magisterio.

    Los sexenios eslabonados en la conducción del país, descuidaron tan importante sector, repercutiendo el agravio en la formación de la niñez y la juventud del país. Pero también el SNTE, fue y ha sido factor de desgaste en los objetivos magisteriales, porque dicho sindicato se ha mostrado más preocupado en atender y negociar los intereses políticos de sus dirigentes, como lo hiciera hace años con quien fuera su presidenta plenipotenciaria, Elba Esther Gordillo, que en asumir su verdadero compromiso histórico ante la sociedad, ante el presente y el futuro de la educación en el país.

    ¿Acaso no indigna saber que la profesora Gordillo manejó los intereses de gremio tan noble con mano dictatorial, y que su labor más comprometida no se fincó jamás en la educación, sino en la política, donde fue protagonista de tragicomedias indecibles; negociando ambiciones personales, apoyando, con actitud mercenaria, a candidatos que multiplicaran las ofertas, como sucedió en las elecciones del 2006, donde su labor se hizo latente a favor de Felipe Calderón?

    Hoy, pues, la educación, pese a los adelantos tecnológicos, ha sido descuidada como nunca en México.

    Así lo establecen las recientes pruebas escolares denominadas Enlace. Pero también la definición práctica en el trato con los niños, cuando se pretende sopesar su acervo cultural.

    A pesar de los métodos modernos supuestamente utilizados en el sistema educativo, no se le está dando a las nuevas generaciones, los verdaderos cimientos para su formación académica. Desconocen niños y adolescentes, los aspectos más elementales de la Historia, mientras que la Gramática es una materia empolvada, sólo por citar dos casos.

    Pero lo más triste (y esto se constituye en una gran derrota para los maestros), es que cuando a un pequeño o pequeña de primer grado se le pregunta, en confianza, quién le enseñó a leer y a escribir, gritan jubilosos ¡mi mamá!, ¡mi abuela!, desdibujando en sus sentimientos y en su memoria a sus profesores.

    Quizás tienen esa fijación porque el gran cúmulo de trabajo escolar realmente lo hacen en sus casas, agobiando a sus madres y abuelas, quienes, algunas, con sus limitaciones de conocimientos se esfuerzan hasta el heroísmo para sacar adelante a sus niños.

    Hoy es Día del Maestro. Y por supuesto, sé que hay mentores que no han olvidado la alta dignidad de apostolado que tiene esa profesión. Que saben de la responsabilidad de poder moldear el barro noble y generoso de la niñez, para forjar ciudadanos pensantes, con actitud crítica, revestidos de valores, con pasión por la justicia, la igualdad y esencialmente el respeto, sobre todo a la vida propia y de los demás, tan necesarios en los tiempos de barbarie que descomponen el tejido social.

    Por eso a ellos, quienes merecen llevar como una medalla en el pecho su noble calidad de Maestros, debo decirles: ¡Gracias por haber puesto en mi corazón de niño el abecedario de la vida; por haberme contado las historias relevantes del México indígena, de la Conquista, de la Independencia, de la Reforma, de la Revolución!

    Aún recuerdo las dulces palabras de mi maestra de primer año, cuando nos fascinaba, diciendo: «Era un niño indito, como ustedes, que cuidaba en su pueblo de la sierra de Ixtlán, borreguitos, y un día llegó a ser presidente de la República…».

    ¡Gracias, Maestros!

    Y un 15 de mayo de 1982, el poeta sonorense-sinaloense Juan Eulogio Guerra, sufrió un grave accidente que le arrebató la vida tres días después.

    Hoy se cumplen 35 años de ese trance difícil para un luchador social intransigente y comprometido con su tiempo y con el futuro, porque el hermano del inolvidable profe José Leovigildo Guerra Aguiluz, tío del Pepe Guerra, fue un hombre singular que sembró la semilla de la libertad, y se colocó siempre al lado del alba, soñando en que la riqueza del país, como el sol, saliera plural y legítima en el horizonte de la justicia social.

    Fui amigo de Juan Eulogio. Recientemente me lo recordó con una carta que en esta trinchera de letras publiqué, su hijo, Juan Eulogio Guerra Liera, actual rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

    Compartimos el pan, el vino, los versos y las ideas sociales.

    Alguna vez lanzamos un manifiesto para revolucionar la realidad y hacer retroceder las sombras con la luz de la poesía. Soñábamos en amotinarnos en una espiga regada por los ríos Yaqui y Humaya, para depositar la semilla de un sol redondo y colorado en las manos y en la mente prodigiosa de los niños, quienes, después de todo, son quienes marcan los cambios, definen los cantos, abren los caminos.

    Días antes de su muerte, el Locho, abrió con sus letras un sendero premonitorio: «Hoy partimos: no sabemos si alguna vez llegaremos, pero llevamos como bastimento queso de Mocorito, coricos y tacuarines de Culiacán, agua de los Once Ríos y mezcal de ‘Los Vasitos’, para no morirnos de hambre y de sed por el camino. Y llevamos como estrella orientadora la metáfora luminosa de Genaro Estrada, Eustaquio Buelna, Gilberto Owen, Sixto Osuna, Rafael Buelna Tenorio, Chuy Andrade, Enrique Félix, que mucho antes que nosotros lavaron sus ojos en las aguas del río Humaya, para purificar sus miradas y adelantarse al paisaje».

    ¡Cómo te recuerdo, amigo!

    Le saludo, lector.