Inicio Arturo Soto Culiacán: prólogo de una historia que no tendrá final feliz

Culiacán: prólogo de una historia que no tendrá final feliz

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A las 11 de la noche del pasado jueves tuve el testimonio de una mujer que vive en Culiacán.

Lo que ha salido en la tele y en redes sociales no es nada comparado con lo que está ocurriendo aquí. Estoy en la recámara de mis hijas, con las puertas atrancadas con muebles. Afuera se siguen oyendo balazos.

También el de un especialista en temas de seguridad pública.

La captura de Ovidio Guzmán no derivó de un patrullaje de rutina. Iban por él. Los videos del operativo llegando a la casa donde fue capturado así lo indican. Hubo una orden para capturarlo y quizás eso tiene que ver con una estrategia que cerraría la pinza de la validación gubernamental, justo el día en que se daba el banderazo a la construcción del aeropuerto de Santa Lucía, tema polémico si lo hay.

Una jugada de pizarrón. El gobierno asesta un golpe letal a la oligarquía rapaz que sigue defendiendo a capa y amparos el aeropuerto de Texcoco, y legitima su fortaleza capturando al hijo de El Chapo Guzmán (así sea el de más bajo perfil; el otro es Archibaldo).

El aplauso para la conferencia mañanera del viernes estaba garantizado.

Pero todo se fue al carajo. El gobierno no midió la capacidad de respuesta de los cárteles que superaron en número, capacidad de fuerza y de reacción en Culiacán, histórica, emblemática sede del poder del narco.

Alguien preguntaba si después de que el mundo entero atestiguara los episodios de violencia en Culiacán, si ya se había presentado una renuncia en el gobierno. La única que vimos cuando el jefe de un comando armado llega saluda “chocando” su mano contra la de un soldado en un crucero donde ardía en llamas un camión para bloquear las calles, fue la del Estado renunciando a sus atribuciones y facultades.

A los narcos ya nomás les falta emitir papel moneda para disputarle palmo a palmo las responsabilidades, atribuciones y facultades a un Estado que buscando justificar su claudicación, argumenta que lo hizo para evitar un mayor baño de sangre.

Los militares, me dice mi fuente, obedecen órdenes. El mito de que cedieron porque el narco tomó los apartamentos en que viven sus familias es eso, un mito. Un soldado es capaz (aunque en la cotidianidad de los civiles no lo podamos entender) de perder a su familia, si en ello le va la defensa de la patria.

¿Suena duro? Lo es. Pero así es la formación castrense.

Si a la tropa le ordenaron ir por un objetivo criminal y lo hicieron, pero después llega la orden de liberarlo, esa orden sólo pudo venir del más alto mando militar. Es decir, del comandante supremo de las fuerzas armadas, que es el presidente de la República.

No hay margen para el error.

Y los soldados obedecen. Para disparar o para dejar de hacerlo.

Hace unos días, mataron a balazos a 13 soldados en un enfrentamiento con un grupo de civiles armados que seguramente no se dedicaban a la venta de estampitas de la virgen en la Basílica. Un día después la prensa reporta un enfrentamiento de militares en el que caen muertos 14 civiles.

Quizá pase como una anécdota, pero el soldado que iba al frente, el que murió balaceado, fue el que disparó y mató a esos 14 civiles mientras sus compañeros iban atrás, ¿Héroe o villano?

Usted, pacifista lectora, guerrillero del teclado lector, saque cuentas.

Lo cierto es que ese jueves todo fue un caos. Las instituciones entraron en shock y durante las primeras tres o cuatro horas de la refriega, lo único que existió fue un vacío de información. Después, versiones contradictorias, medias verdades y mentiras completas.

El presidente de la República se encontraba volando en un avión comercial, incomunicado. El secretario de Seguridad no dio la cara. Las redes sociales se convirtieron en propaladoras de toda clase de información.

Fue hasta el viernes que el presidente ofreció su cotidiana rueda de prensa y, al modo, culpó a administraciones anteriores, a la prensa fifí y a los conservadores. Alfonso Durazo reconoció que el operativo estuvo mal planeado y sin coordinación interinstitucional.

Para esas horas, en algunas partes de Sinaloa sonaba la tambora y se alzaban las copas brindando por la liberación de Ovidio Guzmán, el nuevo héroe (antihéroe) de la muy larga saga del narcotráfico en México.

El gobierno federal puso en marcha un operativo mediático de control de daños a la figura presidencial, en el que sus afines llenaron las redes con mensajes de apoyo y justificaron la versión oficial de que la captura de un capo no vale más que las vidas puestas en peligro si el ejército hubiera abierto fuego.

Un video en el que aparecen los sicarios del narco saludando amistosamente a un grupo de soldados en un retén se volvió viral y reveló que nada ha cambiado en el terreno de las complicidades.

Pase lo que pase, Culiacán perseguirá durante todo su sexenio a López Obrador, como Ayotzinapa a Peña Nieto.

No tengo ninguna duda de que los enemigos del presidente y su proyecto se colgaron de este mayúsculo yerro en Sinaloa para escalar sus críticas, ridiculizarlo, hacer escarnio y exigir su renuncia. Pero los cuestionamientos llegaron también de una azorada sociedad civil que atestiguó en tiempo real un episodio revelador sobre el poder de fuego y organización del narcotráfico.

Ahora se sabe que no fue sólo el cártel de Sinaloa el que tomó la capital sinaloense, sino todos los grupos criminales que operan en el vecino estado. Como haya sido, obligaron al ejército a liberar a un objetivo criminal de primera línea.

La sola posibilidad de que estas escenas se repliquen en otros estados, con otros líderes del narco validaría la versión de un Estado claudicante frente al poder del crimen organizado que, al parecer ya le tomó la medida al gobierno federal.

Los saldos son trágicos para el gobierno. La vox populi considera que se doblegó ante el narco; su secretario de Seguridad quedó evidenciado en su incapacidad para hacer su trabajo decorosamente y por si fuera poco, los mandos militares no están nada conformes con la idea de seguir poniendo, una vez más la otra mejilla.

Lo peor de todo es que el episodio de Culiacán parece sólo el prólogo de una historia que no tendrá final feliz. Al tiempo.

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